
La comida de bentos en la azotea
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Después del tifón, la azotea no tenía filtraciones, pero sí una nota nueva.
La nota decía: “Ya apareció la llave. Comamos bentos juntos este fin de semana.”
Algunos llevaron pollo salado crujiente, otros té con leche de perlas, e incluso el vecino más callado llevó fruta.
Para no molestar a los de abajo, el comité colocó las mesas cerca del depósito de agua.
El jefe de barrio recordó a todos que había que separar la basura y lavar bien los reciclables.
Los niños comían luwei mientras ayudaban a la tía a apilar vasos de papel.
Al hablar de aquel repartidor, todos decidieron reservarle un bento extra.
Después del trabajo, él llegó de verdad en scooter y dijo con vergüenza: “Solo tenía miedo de que la comida se enfriara.”
Desde ese día, la azotea no fue solo un lugar para secar edredones; también se sintió como una pequeña sala de estar.
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